El rostro de la infancia que no queremos

Aquel niño que no queremos, con su rostro sucio lleno de ronchas, que se pasea descalzo en un laberinto de injusticias y abandono en las acequias de un mundo globalizado.
Aquel niño que no queremos (con todos sus nombres) que se carga como imagen en nuestra retina y se enraíza como huella del pasado pero con un continuado presente.
Se escuchan resoluciones y conclusiones sobre el “status quo” de la pobreza, la marginalidad, la discriminación, la inmigración, la desnutrición, el trabajo infantil. La constante mediatización ha proporcionado una desmedida importancia a las letras de molde. Y esto comienza (si bien siempre existió) a dejar en evidencia la poca practicidad de los Organismos Internacionales y Nacionales en materia de desarrollo social e infancia.
En la práctica las ideas funcionan cuando los proyectos y programas trabajan con los beneficiarios. No sobre o para ellos.
La infancia merece que primero se la comprenda en un sentido holístico. En su entorno familiar, escolar, barrial y frente a la problemáticas que la atraviesan (trabajo infantil, deserción escolar, falta de trabajo familiar genuino, prostitución infantil, violencia familiar).
Pero con esto no basta, se necesita de la existencia de mecanismos de seguimiento que sean de público conocimiento. De esta manera podremos controlar que aquellas letras de molde hayan llegado a un nivel de concretización e intervención directa. Porque sino escuchamos mucha rectórica y discursos de organismos y sus (impresentables) personajes sin respaldos reales de intervención.
Para ello debemos pedirles a los Organismos Gubernamentales (nacionales e internacionales) que si bien pueden delegar las funciones de intervención concreta, de ninguna manera pueden delegar el seguimiento y la evaluación de los programas, en especial de estas intervenciones prácticas.
Dejemos de pensar que en el momento que se crea una comisión u organismo, automáticamente se soluciona la problemática para la que fue creada. Muchas veces generan problemáticas nuevas.
Dejemos ese pensamiento mágico para los niños y niñas, y proyectemos acciones bajo un pensamiento científico y humanista.
Basta con hacerse una recorrida por el norte de nuestro país para observar que el trabajo infantil es real (niños/as trabajando en la cosecha de los limones, hachando y cargando troncos, en el carbón y el ladrillo, en la prostitución infantil); que la desnutrición y la falta de seguridad alimentaria se encuentra latente; y que las políticas sociales (públicas y privadas) se diluyen en su largo recorrido de “burrocracias” e incompetencias hacia la infancia necesitada
Aquella imagen enraizada de aquel niño que no queremos, no vive en nosotros solo por su impronta. Sino por su permanente presente.
Sigue estando, porque en realidad nunca se fue.

 

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