Pateando la calle. Entre perros y zombies

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Aunque era de mañana, todavía estaba oscuro. Mis pasos se aceleraban para poder alcanzar algún lugar más iluminado. La posibilidad de robos y otras yerbas están siempre latentes en un país donde la inseguridad es alta.

Como es mi costumbre, mientras andaba… pensaba. Y pensaba en las problemáticas sociales. En esos problemas que se genera cuando el individualismo es más fuerte que el trabajo en equipo. En esos problemas que se repiten (y acrecientan) de generación en generación. Volviéndose  cada vez más estructurales dentro de un sistema permisivo y sin reglas claras, donde la ventaja es la estrategia más utilizada. Pensé en la cantidad de ventajeros que conozco, y me sorprendí cuando no me alcanzaban las dos manos para contarlos.

Encerrado en mi pensamiento, me preguntaba y me respondía hasta que mi mente se transformó en un “mitote” (como dice la sabiduría Tolteca). Esto duró hasta que unos ladridos me volvieron a la realidad. Que susto me pegué!! Reincorporado, pasé del susto al enojo, y comencé a maldecir a aquel que había soltado a ese perro. Porque en realidad el perro tenía collar pero no cadena. ¿Que problema la de los perros en las calles? Un problema más de la inseguridad social. Y ojo que no me limito a los perros callejeros que son los más educados y sociables dentro del mundo perruno. Sino a aquellos canes con dueño que suelen andar sueltos a la noche o primeras horas de la mañana.

Advertido por mis gritos salió el vecino en cuestión. Y enseguida le dije: “A ver si nos entendemos. Tu perro puede ser muy agradable y buenito con vos, pero no sabés como se comporta en la calle. Puede morder o dar un buen susto como el que me dio a mi”. El vecino no articuló palabra. Llamó a Moni y los dos entraron en su casa.

Qué más da! – pensé. Cerré mi pensamiento convenciendome que cada vez más gente “se guarda” cuando la oscuridad invade la ciudad. Los delincuentes y los perros han copado las calles. Porque en algo se parecen, los dos marcan su territorio.

Vaya comienzo de día. A solo dos cuadras de mi casa y ya con estrés. Un típico día de mier… coles. Era mitad de semana. Todavía faltaba para el ansiado “finde”.

Llegando a la esquina y refunfuñando por el perro y su dueño. Veo a unos metros, dos  ¿zombies? Esto si que me asusta – pensé. Me asustaron por la manera de caminar, de hablar, de relacionarse entre ellos. Con la mirada perdida y un hablar anodino. Ya había visto varios en lo que iba del año caminando desvariados por las calles de mi ciudad. ¡Cada vez hay más! Hasta pensé en una invasión o algo así. Pero no; son ciudadanos al igual que nosotros. Son parte de la sociedad que van cayendo del otro lado del sistema (por opción u obligación). Se encuentran drogados, pero de angustia, de ansiedad, de temores, de resentimientos, de fantasmas.  Viven en un mundo igual al tuyo y al mío, pero al tratar con ellos parecen estar en otro mundo. No entendí bien lo que me decían. Tal vez no se dirigían a mi. Los saludé a la distancia y volví a apurar el tranco, aunque sin necesidad ya que al darme vuelta habían desaparecido.

En mi cabeza se mezclaban varias cosas al recordar que cuando estuve por Sudáfrica observé gran cantidad de “zombies” en las calles de varias ciudades. Ahora los veo acá. En mi ciudad. No solo me preocupaba que la cantidad de estos seres vaya en aumento, sino que cada vez eran más jóvenes.

Continuará…

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